El consumo de sustancias en la adolescencia es preocupante. Según el Observatorio Español de la Droga y las Toxicomanías (2016), tres de cada diez estudiantes informaron haber consumido drogas o polidrogas en el último mes: una sustancia (40.3%), dos (16.2%), tres (12.3%), cuatro o más sustancias (2.6%). Además, el consumo de drogas aumenta en la adolescencia y está relacionado, entre otros, con la crianza, los problemas académicos y de socialización.

Este estudio tiene tres objetivos: (i) analizar las relaciones entre el consumo de sustancias y el estilo de crianza y la autoeficacia académica percibida de los adolescentes, (ii) estudiar el papel de estos factores en la predicción del uso de sustancias en adolescentes, y (iii) observar el rol de la autoeficacia académica en la relación entre los estilos de crianza y el consumo de sustancias en adolescentes.

Se ha utilizado una muestra de 762 adolescentes de 12-16 años, del área metropolitana de Valencia, seleccionada por conglomerados para asegurar un equilibrio entre chicos y chicas. Estos adolescentes estaban escolarizados en centros públicos y privado-concertados de la edad analizada. Entre los resultados obtenidos destacan:

El análisis comparativo entre dos etapas de la adolescencia, 12-13 años y 14-16 años, indica que en la etapa de 14-16 años se incrementa significativamente el consumo de sustancias y la negligencia de los padres en la atención hacia los hijos/as. En cambio, disminuye el apoyo y comunicación de los padres y la eficacia académica percibida por los adolescentes. Es decir, los adolescentes de más edad perciben menos apoyo y comunicación de los padres y más dejación hacia sus necesidades.

El consumo de sustancias se relaciona negativamente con apoyo y comunicación de los padres/madres, autoeficacia académica percibida y con la edad, lo que viene a avalar que la edad incrementa el riesgo de consumo de sustancias. En cambio, el consumo se relaciona positivamente con control psicológico, negligencia y/o rechazo de los padres y la edad.

La eficacia académica percibida tiene un efecto moderador en la manera en que los padres/madres acometen la crianza, fundamentalmente en un estilo negligente y/o basado en el control psicológico. También tiene un efecto mediador entre control psicológico de los padres y consumo de sustancias. Esto respalda la idea de considerar a la eficacia académica percibida como una variable protectora ante el potencial consumo de sustancias en adolescentes de familias, cuyas relaciones están sostenidas sobre la frialdad emocional y la evaluación negativa de los hijos/as o sobre la indolencia y la falta de respuesta hacia las necesidades del hijo/a.

A partir de estos resultados se pueden extraer varias conclusiones. La primera alude a la forma de abordar la crianza. Los padres/madres comprometidos con la crianza, que basan las relaciones intrafamiliares en la confianza, los criterios de comportamiento en base a reglas de convivencia y están abiertos a las demandas consensuadas de los hijos/as, están poniendo las bases para lograr que los hijos /as afronten las interacciones con el entorno social próximo de forma responsable y tengan menos probabilidades de consumir sustancias (Mason et al., 2017; Tur-Porcar, Doménech, y Mestre, 2018).

La segunda conclusión hace referencia a la autonomía de los hijos/as. Los adolescentes con los años reclaman más libertad y conviene que los padres/madres vayan ofreciéndola progresivamente. Con todo, es necesario mantener el calor emocional-familiar sustentado en la confianza, el apoyo y la comunicación con los hijos/as, siendo que los padres/madres continúan aportando una fuente de cariño fundamental en la vida de los hijos/as adolescentes (Stienberg, 2001; Mason et al., 2017).

La tercera conclusión se dirige al papel de la eficacia académica percibida como variable moderadora y mediadora entre la crianza y el consumo de sustancias. Los resultados indican que la eficacia académica modera la relación entre negligencia de los padres y consumo de sustancias, entre control psicológico y consumo de sustancias y entre rechazo de los padres y consumo de sustancias. Además, es una variable mediadora entre control psicológico de los padres y el consumo de sustancias. Así pues, estos resultados apoyan el rol protector de la eficacia académica percibida ante el riesgo de consumo de sustancias en ambientes familiares, incluso en entornos familiares más negligentes, fríos y autoritarios (Fothergill et al., 2008; Navalón-Mira & Ruiz-Callado, 2017).

El artículo completo puede encontrarse en la revista Psychosocial Intervention:

Tur-Porcar, A. M., Jiménez-Martínez, J., & Mestre-Escrivá, V. (2019). Substance use in early and middle adolescence. The role of academic efficacy and parenting. Psychosocial Intervention, 28(3), 139-145.

FUENTE: INCOFOP online

El retroceso en los comportamientos es una forma de somatizar el estrés, indica que sucede algo que el niño no sabe gestionar

Durante el confinamiento, algunos padres son testigos de cómo sus hijos retoman rabietas que ya estaban superadas. Otros observan cómo sus pequeños pierden ciertos niveles de autonomía o incluso vuelven a mojar la cama. Todos estos síntomas responden a una regresión infantil, un retroceso en los comportamientos ya adquiridos que está provocado, entre otros factores, por el estrés. El confinamiento está afectando a la salud mental de los niños.
“Se desprenden de algo que ellos ya tenían automatizado. Es una forma de somatizar la ansiedad que les está causando la situación, dan un paso hacia atrás”, explica la especialista en psicología educativa Silvia Álava. Aunque no podemos hablar de una relación causa-efecto entre el confinamiento y las regresiones, sí que es una manifestación de que sucede algo que el niño no sabe gestionar. Por ejemplo, vivir casi dos meses entre cuatro paredes, estar privado del contacto con sus amigos o con sus abuelos, haber experimentado una absoluta transformación en sus rutinas.

“Evidentemente esta situación excepcional puede provocar que conductas que creíamos desaparecidas vuelvan a manifestarse. Unas de ellas son las regresivas, que corresponden a una etapa madurativa inferior a su edad cronológica. La regresión es un mecanismo de defensa ante la ansiedad, el miedo, …”, confirma el psicólogo educativo Antonio Labanda Díaz.

¿Qué provoca la regresión?

Los niños son grandes observadores y captan mensajes que a los adultos les pueden pasar desapercibidos. Algo que escuchan en las noticias, la propia ansiedad de los progenitores a través de sus gestos o emociones, la rabia contenida por ver limitadas sus actividades… “Son situaciones que emocionalmente no saben cómo integrar, y el confinamiento es una de ellas”, sugiere la psicóloga. Todo ello desencadena un cuadro emocional que los menores todavía no manejan.

“Unos padres con un nivel de ansiedad alto, relacionado por un problema exógeno como la pérdida del empleo, el fallecimiento de un familiar, etcétera, pueden provocar unos niveles altos de ansiedad, inseguridad y miedo en los niños. Ante esa circunstancia puede aparecer una conducta regresiva que los sitúe en momentos evolutivos más seguros y tranquilos”, explica Labanda.

La incapacidad para pedir ayuda ante situaciones dominadas por la rabia o la frustración o el miedo también contribuye a la aparición de estas conductas. “Es un síntoma de que algo no va bien. Porque los niños no tienen la suficiente madurez, ni el desarrollo evolutivo y emocional para plantear lo que está ocurriendo. Es algo que ocurre en determinadas áreas o aspectos, no algo que suceda de forma general”, comparte Álava.

¿Cómo se manifiesta?

Sigmund Freud acuñó este término para definir los mecanismos de defensa ante situaciones que se nos escapan. Básicamente puede manifestarse a través de cualquier estadio de comportamiento previo al actual, algo que sucede, sobre todo, en menores de seis años. “Lógicamente depende de cada niño, de su edad y del contexto en el que vive. Podría aparecer enuresis –es decir, hacerse pis por la noche–, lenguaje infantil, querer dormir en la cama de los padres, miedos o terrores nocturnos, querer alimentarse con papillas, biberones, no querer vestirse solo, reducir su nivel de autonomía, …”, expone Labanda.
La buena noticia es que cuando se resuelve el problema o aprenden a gestionar sus sentimientos, retoman su comportamiento habitual. “No es una vuelta atrás, sino que cuando la situación se calma, se interviene, o el niño aprende ciertas habilidades, lo recuperan”, tranquiliza la experta.

¿Cómo solucionar el problema?

Ante estas llamadas de atención es esencial mejorar la observación del pequeño. “Muchas veces nos quedamos en que quiere atención. Pero ¡cuidado! ¿Cuál es el motivo de que la solicite? Es algo que hay que valorar, porque puede que la situación se le quede grande, que no la lleve bien o no sepa cómo digerirla”, comenta Álava.
La psicóloga recomienda encontrar momentos en los que los niños puedan manifestar lo que les ocurre, siempre dentro de un clima de confianza. “A través del dibujo pueden expresar episodios que les cuesta manifestar con palabras. Igual ocurre con el juego simbólico. Hay que observar las cosas que verbalizan a través del mismo”, añade. Proyectar la tristeza en sus muñecos o roles, o incluso hablar de la enfermedad y el virus son señales unívocas de lo que les preocupa.

1. Reconocer las emociones

Estos episodios son una oportunidad para que los niños descubran que existe un amplio abanico de emociones y aprendan a reconocerlas. Es el primer paso para conseguir gestionarlas. Para ello hay que mostrar una actitud empática.

Después, es recomendable reforzar el clima de confianza con palabras de cariño y preguntar directamente qué es lo que le enfadaba. Para que entiendan mejor la situación, se aconseja buscar ejemplos o contar cuentos relacionados con esa experiencia. Asimismo, el especialista anima a trabajar las emociones desde la curiosidad, incentivando a los pequeños a investigar, preguntar y participar en actividades relacionadas con ellas.

2. Usar un lenguaje correcto

Que el niño muestre una regresión no significa que haya quedado anclado en una etapa anterior de desarrollo. Por ello, es importante no reforzarla.

3. Ser empático

Los padres deben comprender el hecho que lleva a los niños a actuar de esta manera: Su inmadurez para procesar ciertas circunstancias. A ello favorece el apego seguro, que vea a sus progenitores como personas sensibles y atentos a sus necesidades, ya que favorecerá que el menor exprese sus emociones y mejorará el clima de confianza.

4. Controlar la ansiedad parental

La situación que estamos viviendo eleva los niveles de estrés de toda la familia, pero los padres deben mantener la situación bajo control.

FUENTE: La Vanguardia, escrito por Rocío Navarro Macías.

Los profesionales aseguran que la sanidad pública se desbordará por la demanda de atención en salud mental; la OMS acaba de advertir sobre un aumento a largo plazo y a nivel mundial del número y la severidad de los trastornos

Psiquiatras y psicólogos llevan semanas advirtiendo sobre las demoledoras consecuencias del coronavirus. Ansiedad, depresión, angustia, insomnio…son algunas de las manifestaciones que llevan días viendo en consulta. Ahora es la Organización Mundial de la Salud (OMS) la que ha alertado sobre «un aumento a largo plazo del número y la severidad de los problemas de salud mental» en todo el mundo por el «sufrimiento inmenso de cientos de millones de personas». El mundo, aseguran los psicólogos, no solo va a tener que lidiar con la pandemia vírica. También deberá hacerlo con la emocional. 

«La situación actual, con aislamiento, miedo, incertidumbre y crisis económica, puede causar trastornos psicológicos». Son palabras de Dévora Kestel, directora del Departamento de Salud Mental y Abuso de Sustancias de la OMS que el jueves instó a los países a estudiar las necesidades de todos los sectores y garantizar que el apoyo psicológico está disponible como parte de los servicios esenciales. Sanitarios y personal de primera respuesta son los grupos de mayor riesgo, según Kestel.

Miedo a la nueva vida

La psicóloga Mireia Cañeque afirma que «En estos últimos meses, hemos visto que el mundo desgraciadamente no solo va a tener que lidiar con la pandemia vírica sin no que también deberá hacerlo con la emocional», comenta. Angustia, incertidumbre y miedo son las emociones protagonistas estos días. «Miedo a morir, miedo a que mueran, miedo a un despido, miedo a no resistir el aislamiento…», precisa.   

«Desde que se decretó el estado de alarma hemos recibido un aluvión de demandas relacionadas con la covid-19», detalla Cañeque. Hasta un 70 %. Destaca las relacionadas con problemas familiares, de pareja, ataques de angustia y pérdida de un ser querido.

«Cierto es que las dos primeras demandas (problemas familiares y de pareja) suele dispararse tras las vacaciones de verano y las navidades, momentos en los que se suele pasar más tiempo juntos, pero sin duda esta va ha ser una época de riesgo para la convivencia y la estabilidad de familias y parejas», apunta.

Incertidumbre por los cambios de fase

Mireia Cañeque alude también a la incertidumbre de los cambios de fase en la ‘desescalada’. «Conocemos las medidas y fases, pero desconocemos las consecuencias. «Reina la incertidumbre y con ello las preocupaciones, los pensamientos rumiativos, la ansiedad, la depresión, la hipocondría, la pena, la culpa, la impotencia y la resignación…», enumera la psicóloga.

Destaca también el duelo de toda una sociedad por la situación vivida.»Duelo por no poder estar ni despedir a los que más queremos, duelo por las rupturas víctimas de esta situación, duelo por los despidos y por todo. Por la vida que muchos dejan atrás», describe. 

Cañeque explica que la llegada del coronavirus a nuestras vidas «ha potenciado el malestar psicológico a personas con un mayor nivel de vulnerabilidad, como las que ya parten de una situación previa de contacto con la salud mental», pero a ellos se suman personas que, tras pasar por esta situación, padecerán estrés post traumático, depresión, ansiedad, ataques de pánico, rupturas, angustia, miedo y conflictos relacionales, entre otros.

La sanidad pública, desbordada

También quienes están en “primera fila”  merecen una atención especial, subraya. «Este colectivo ya es el más afectado por el virus, y muy a nuestro pesar, se prevé que también serán quienes sufran el mayor impacto en su salud mental indica en alusión a los sanitarios.
Cañeque augura que presentarán secuelas a largo plazo, y sintomatología relacionada con EPT (estrés post traumático) agudizado «por la preocupación al pensar que tienen mayor probabilidad de estar contagiados y por lo tanto propagar el virus a otros. O pensar que, con su ausencia, su ámbito laboral no cuenta con suficiente personal y causar un trabajo extra para sus colegas”.

La demanda de atención psicológica aumenta «y lo seguirá haciendo de forma exponencial», augura la psicóloga. El problema, matiza, es que muchas personas que precisan de un acompañamiento psicológico no pueden permitírselo: la sanidad pública sigue desbordada y tratando de atender las citas canceladas durante semanas.
 
El impacto del confinamiento en las mujeres

Analizar los efectos del confinamiento en la salud mental y cerebral, así como otros factores que mitigan o agravan su impacto, es precisamente el objeto de un estudio que acaba de poner en marcha el Barcelona βeta Brain Research Center (BBRC), el centro de investigación de la Fundación Pasqual Maragall. Pretende evaluar cuatro grandes hipótesis sobre los efectos del confinamiento durante la pandemia de la covid-19.

El trabajo, impulsado por  la Fundación ”la Caixa”, se ha diseñado para evaluar cuatro grandes hipótesis sobre los efectos del aislamiento social durante la pandemia de la covid-19 en otros tantos ámbitos: la salud mental, el estilo y la calidad de vida, la salud cerebral, y el impacto sobre las mujeres, especialmente las cuidadoras.

Se considera que el confinamiento tendrá un impacto psicológico, incluyendo el aumento de sentimientos de ansiedad y depresión, y se asociará con irritabilidad, frustración y preocupaciones. También se augura que la larga reclusión se asociará con cambios en los patrones de estilo de vida (el sueño o el ejercicio) y la calidad de vida, así como con los cambios en el consumo o uso de drogas psicotrópicas (café, alcohol o nicotina).

En salud cerebral, las variables relacionadas con el confinamiento, como podría ser el estrés crónico, se han relacionado con un mayor riesgo de padecer Alzheimer y también se plantea una cuarta hipótesis del impacto del confinamiento en las mujeres y las cuidadoras.

El aislamiento social perjudica la salud mental

El estudio contará con la participación de más de 2.500 personas cognitivamente sanas, de entre 45 y 75 años y, en la mayoría de los casos, familiares de personas con Alzheimer. Prestará especial atención a los cambios cerebrales relacionados con esta enfermedad y al impacto del confinamiento en los participantes que están cuidando de una persona con dependencia o necesidades especiales, incluyendo los que tienen demencia.

«Hay precedentes de este tipo de medidas de aislamiento social que demuestran que la cuarentena y el confinamiento pueden crear efectos perjudiciales para la salud mental. Analizar el impacto de este tipo de medidas, así como otros factores que puedan mitigar o exacerbar su impacto en la salud mental, son fundamentales para impulsar medidas de salud pública”, según Eider Arenaza-Urquijo, investigadora principal del estudio.
En la investigación, los participantes deberán responder una serie de cuestionarios online en dos periodos diferentes: durante el confinamiento, y unos 18-24 meses después. Quieren evaluar los resultados relacionados con la ansiedad, la depresión y un posible estrés postraumático.

FUENTE: Voz Pópuli, escrito por Nieves Salinas.